El gran destino

La semana pasada viajé a México, un país que no iba desde hacía muchos años, por lo que había olvidado todo lo que aquel país representa algo encapsulado en una cierta esencia que no existe en ningún otro lugar del mundo, de ahí el cierto dicho que como México no hay dos, un dicho que me parece ser completamente verídico.

Me hospedé en uno de los muchos magníficos hoteles en México DF, muy cercano a aquella avenida tan histórica y tan hermosa conocida como paseo de la Reforma, una arteria vial que atraviesa la ciudad, consecuentemente otorgando  acceso a toda ella.

El Paseo de la Reforma no es tan solo una gran avenida, sino también es el pulmón principal de la Ciudad de México, ya que dicha avenida cuenta con una enorme cantidad de gigantescos árboles, que reciclan el oxígeno en esta ciudad, que pese a estos esfuerzos de los titanes verdes, es una de las ciudades más contaminadas del planeta.

Los esfuerzos de aquellos árboles se suman con todos los que tapizan el bosque de Chapultepec, algunos de los cuales datan desde la época de los Aztecas, contando así con una sabiduría  y una experiencia tan inmensa que han podido prevenir a los habitantes de aquella ciudad el morir asfixiados en la espesa nube de humo en la que se vive.

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Aquellos gigantes de madera quienes resguardan Paseo de la Reforma están escoltados por una gran guardia de flores radiantes, quienes miden los vientos derechos como miles de soldaditos de plomo resguardando a una caravana de gigantes quienes leen aquello que reguarda la distancia, aquello que vive tras los horizontes  y aquello que separa a lo visible de lo invisible como el viento separa a las aves del reino de los hombres.

Estas hermosas flores cambian de guardia con las estaciones, obedeciendo a las condiciones climáticas dictaminadas por la madre naturaleza, cuyo viajar hace al mundo cambiar de tinte con su llegada y su partida.

En primavera, todo Paseo de la Reforma es resguardado por rosas blancas, rojas  y amarillas, quienes muestran su hermoso rostro al sol, pero sus espinas a los hombres, quienes tanto nos esmeramos a dificultar la misión de sus soberanos de madera dura, quienes escudan la vida y embellecen los subsuelos con los poemas silenciosos de sus raíces, cuyos versos el pasto recita con alegría como las aguas del mar recitan incansablemente los pensamientos de los ángeles.

En verano las rosas terminan su ciclo y otorgan su lugar a arbustos tan verdes y radiantes como las esmeraldas más puras que yacen en las vitrinas de las joyerías.

Durante el otoño, millones de flores de cempasúchil escapan los cementerios para  tomar guardia en Paseo de la Reforma, recordando a toda una nación desde el corazón del país que debemos recordar nuestras tradiciones y honorar a los difuntos.

Al llegar el invierno, Paseo de la Reforma se encuentra tapizado con las hojas caídas de los árboles, haciéndola parecer una ciudad vestida de victoria en algún pasaje de la Ilíada.

La Ciudad de México es verdaderamente un gran destino.

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